Algunos imaginan el fin del mundo como un rápido e indoloro proceso provocado por un conjunto de hecatombes sin precedentes (véase teorías conspiranoicas del año 2012), un meteorito que acaba con el planeta (películas como ‘Deep Impact’ o ‘Armageddon’), o canalizándolo a través del fin de la humanidad (‘La invasión de los ladrones de cuerpos’ de Jack Finney; o ‘The Children of Men’, de P. D. James). Sin duda, es menos común realizar conjeturas sobre un apocalipsis más tedioso y degenerativo. Y de ahí la importancia de una obra capital de esa ilustre ciencia-ficción norteamericana: ‘El Rebaño Ciego’, de John Brunner. Es una novela ya traducida en su momento al español por el gran Domingo Santos. Pero esa traducción llevaba, con todos mis respetos al hastío por su tendencia a lo literal y lo denso dentro de esas colecciones precipitadas de la extinta editorial Acervo.
Ahora, con la nueva edición del grupo AJEC y traducción más trabajada de Manuel de los Reyes, la españolización de esta novela es una buenísima noticia para los lectores de este país.
Y es que Brunner (1934-1995) es un autor insultantemente arrastrado por el olvido, siendo su fama un hecho más que dudoso más allá de convenciones de ci-fi cuando aún vivía. El pobre no es sólo un “escritor de ciencia-ficción más” como ahora le consideran algunos críticos literarios de medio pelo, sino un profeta en estado puro, que se acercó mucho más que Isaac Asimov o Philip K. Dick (a quien por cierto admiraba con fervor) a vislumbrar lo que sería Internet y su repercusión en la sociedad. No en vano, en obras como ‘Todos sobre Zanzíbar’ (imprescindible) o ‘El jinete en la onda del shock’, se habla con naturalidad de conceptos como el enlace (o link), de virus informáticos, de multimedia y de guerra de la información con treinta años de antelación. Con un par.
‘El rebaño ciego’ es parte, junto con la mencionada ‘Todos sobre Zanzíbar’ y ‘Órbita Inestable’ (algo menor, aunque estimable), de la trilogía llamada del Desastre. Narra de una forma heterogénea un mundo en el que la catástrofe medioambiental es ya algo cotidiano. Ante la resignación de la ciudadanía, los altos dirigentes no dudan en oprimir a la población con ejecuciones, suavizando la rebeldía y las manifestaciones.
Pero esperen: no estamos ante la convencional narración por medio de un afligido protagonista (al estilo de Winston Smith en ‘1984′ de George Orwell o Guy Montag en ‘Fahrenheit 451′ de Ray Bradbury) como vehículo para mostrar circunstancialmente la sociedad. No. John Brunner nos insufla a anuncios, carteles, programas de televisión, comunicados, informes, alternados con diálogos y vivencias de personajes que de una forma u otra, tienen alguna relevancia para explicar con detalle el horror de lo que sucede. Dentro de ellos, un misterioso mesías está en boca de casi todos porque se supone que va a cambiar las bases de este desastre. Se llama Austin Train, y sus lacayos, los trainistas (neo-hippys, para entendernos), parecen ser los únicos que no se conforman con vivir en esta basura (nunca mejor dicho) de mundo. Ya son habituales las máscaras de oxígeno para espacios abiertos, los precios disparatados de muchos productos de primera necesidad (incluyendo el agua), el estancamiento absoluto del progreso, y el despropósito social que ello conlleva.
Y aquí viene lo bueno. El autor consigue que todo ello sea literatura, da igual si es la excelente narración de un apático Philip Mason que tose en cuanto abre la ventanilla de su coche, o un cartel de advertencia. El verdadero mérito viene cuando estamos hablando de una novela enfrascada en un género considerado “poco literario” (¡qué insensatez!) como es la ciencia-ficción.
La sociedad necesita a Austin Train. Porque da esperanza a algunos, y espectáculo al resto. Entonces, ¿quiere esto decir que el desastre ecológico es un macguffin del verdadero tema, el de una oligarquía que exprime al resto, el del clásico panem et circenses? La riqueza de ‘El rebaño ciego’ está ahí. Y desde luego, hay que agradecerle la mala leche, el humor negro y la ironía que sobresalen en algunos puntos. Porque es la única manera sana de tomarse esto es a cachondeo. Valoro, sobre todo, que Brunner esté a caballo entre la paranoia global de Dick (“todo contamina; todo es perjudicial; los políticos son todos unos cabrones”) y el pesimismo necesario que también desarrolló otro grande, Thomas M. Disch. Por no hablar de que Brunner ya estaba antes de que William Gibson estableciera el cyberpunk y que Orson Scott Card sondeara una especie de red de información con el conocido pasaje de Locke y Demóstenes en ‘El juego de Ender’. Un apunte: los personajes aparecen y desaparecen como si tal cosa, en la estructura fragmentaria característica de su autor. Alguien que no hizo un pimiento páginas atrás ahora se desnuda emocionalmente ante nuestros ojos. Por ello, es importante adueñarse de una libreta para apuntar los personajes, quiénes son, a dónde van y qué hacen y por qué. Esto quizás frene algunos, a mí me enriqueció esta fantástica experiencia que es la lectura.
Recapitulemos: son los setenta, una época en la que se “descubrió” el sentimiento ecologista (no por casualidad, los argumentos teóricos de la novela están reforzados en una especie de apéndice por un abanderado, James John Bell). Harry Harrison escribió ‘Hagan sitio, hagan sitio’, se convirtió en la película ‘Soylent Green’, y se describía un mundo superpoblado y con un calor de narices.
Ahora, todo el mundo cree saber del tema. Pregunten a cualquiera sobre la capa de ozono o el efecto invernadero (y más si hay una cámara delante). Al Gore lanzó ‘Una verdad incómoda’, controvertido documental como revancha a perder las elecciones de EEUU; ‘Home’, otro documental apoyado por multitud de instituciones que advierte de una situación inminente que Brunner ya avisó, sin ser un experto.
Por último, hablemos de la distopía popular. Se habla de ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley, el derrumbe de la libertad y el control absoluto de la genética; ‘1984′ de George Orwell, un sistema omnipresente que aplasta el libre albedrío; ‘Fahrenheit 451′, de Ray Bradbury, la supresión de la cultura y el control de la ley. ¿Y ‘El Rebaño Ciego’, por qué no merece estar en un podio tan aclamado? Cosas incomprensibles de la vida.
‘El Rebaño Ciego’ es, como entenderán, una novela fundamental que no debería necesitar presentación. Brunner realizó una soberbia construcción de un complejísimo (que no complicadísimo) universo literario. Algunos dicen que ha envejecido; mi opinión es que cuando vemos en los medios chorradas como las vacas locas, la gripe aviar, la gripe porcina, la neumonía asiática y bla bla bla, sé que Brunner tiene razón: en el fondo lo que importa no es si el mundo se acaba, sino quiénes sacan tajada de ello.
Desde ya una de mis novelas preferidas.
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macguffin: término atribuido a Alfred Hitchcock para describir un pretendido argumento inicial que sólo sirve de distracción para el posterior núcleo narrativo definitivo (ejemplo: el famoso maletín de la película ‘Ronin’, de contenido indefinido).
‘El Rebaño Ciego’ está entre mis lecturas de 2009.