Marzo 8, 2008...6:28 pm

Lectura

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Recuerdo perfectamente el día en el que empecé a leer con desenfreno, el día en el que pude decir que la lectura se convirtió no sólo en hábito y afición, sino en una pasión que me atraparía mañanas, tardes, noches enteras. Siempre había sido alguien con mucha inquietud lectora. Para aprender a escribir, primero hay que leer mucho. Sin embargo, la literatura todavía no había entrado a raudales a través de mis ojos. Prefería planear escribir mis propios libros antes que enfrentarme a cientos de ellos ajenos.

En septiembre de 2002, una sucesión de adversidades me llevaron a leer para evadirme. Otros lo hacen con la droga, con el alcohol o con los videojuegos. Yo lo hice con los libros. Decidí que leyendo me olvidaría de ciertas cosas de las que no quería estar acordándome durante todo el día. Decidí que leer me transportaría a otros mundos, probablemente mejores que éste. O al menos más estimulantes. Decidí que, aun con todo, tenía que empezar a leer sin parar si quería que la literatura fuera mi vida. Ya que mi vida, por aquellos momentos, no me gustaba lo suficiente, las de los personajes de los libros que leyese me servirían de referencia.

La decisión fue espontánea. Cogí de la estantería Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne. Me encerré en el cuarto de mis hermanas durante todo el día. Puse el álbum Discovery, de Mike Oldfield, en la cadena de música porque había decidido que sería la banda sonora del libro. Sólo salí para comer.

Acabé extasiado de aquello. El libro concluyó con The Lake de fondo, y supe que leer era uno de los mayores placeres con los que me había encontrado, y que hasta ese momento no me había dado cuenta al cien por cien.

Esa misma noche, cuando ya todos mis familiares se habían acostado (y seguramente acostado), miré en mi cuarto la colección de ciencia-ficción que mi padre había comprado quince años antes. Resolví que empezaría a leerlo, por el número 1 de la colección: El Fin de la Eternidad, de Isaac Asimov. Lo leí entre esa noche y la mañana siguiente.

Empezó así un huracán de libros, que pasaban por mis ojos dejando cada uno su huella individual e intransferible. No exagero si digo que leí unos 200 libros entre los años 2002 y 2003. Ello ayudó a motivarme como aspirante a escritor, ya que quería ser partícipe de ese placer que da leer, quería formar parte de aquel conjunto de mundos maravilloso que te atrapa y no te suelta hasta comprobar que te ha cambiado la vida.

Tal día como hoy, recuerdo esto porque creo que me encuentro sumido en una especie de crisis de lectura. Parece que no me llama tanto. Desde que estoy emancipado estoy construyendo una biblioteca personal, con libros que voy comprando periódicamente tras elegirlos muy bien. Tengo un piso entero de la estantería con libros que aún no he leído.

¿Qué me ocurre? ¿Ya no lo necesito tanto? ¿Ha perdido para mí la lectura esa magia que me embaucaba, y me tenía delante de un libro hasta hacerme olvidar compromisos y obligaciones?

Ahí están esos libros, los de la imagen, esperando a ser abiertos. Milan Kundera, Haruki Murakami, Hermann Hesse, James Joyce, Ian McEwan… todos están dispuestos a contarme sus historias, escritas con la misma pasión que podría leerlas yo. Me reclaman con paciencia, seguros de que un día tomaré su libro y se darán por satisfechos cuando se aseguren de que ya no soy el mismo de cuando todavía no había leído dicho libro.

Espero que sea una racha. Novelas tan importantes como Kafka en la Orilla o Neuromante terminarán dejándome perplejo en la última página. Tarde o temprano.

4 comentarios

  • Bueno, la lectura, como tantas otras cosas pasa por diferentes rachas.

    También es cierto que conforme te vas haciendo viejo, tienes menos tiempo, la vida corre más rápido y es más difícil pasar una tarde entera leyendo. Unos de mis mejores recuerdos son los veranos de estudiante, cuando podía pasar casi todo el día leyendo un libro y dejando pasar las horas de más sol…

    Internet también ha reducido mis horas dedicadas a leer, todo sea dicho.

  • Y George R. Martin, ¿donde está? no sabes lo que te pierdes.

  • Pues sí que lees rápido si para The Lake ya te habías fundido el libro…. ;-)

  • Yo he descubierto que estos períodos son normales. No te tortures. La lectura, cuando se quiere que sea útil, necesita cierta logística. Hay períodos de la vida en que uno no la encuentra. No hay que preocuparse especialmente, sólo leer lo que se pueda, aunque sea poco. Ya vendrán otros tiempos en los que se pueda retomar la lectura en condiciones.


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