[Reseña] ‘No te supe perder’, de Salvador Navarro

Admitámoslo de una vez. La literatura en Sevilla está prácticamente en coma. Sí, hay algunos novelistas y poetas en esta ciudad que emergen de vez en cuando, si acaso, como accidentales cumbres, y los que no son accidentales, como Isaac Rosa, se largan de aquí en cuanto pueden.

¿Imaginan la alegría del que esto escribe cuando veo que un ingeniero sevillano, que podría vivir tranquilamente disfrutando del horario flexible, las dietas, las amplias vacaciones, etcétera, etcétera, se lanza a escribir, y además lo hace bien?

Reseñé el pasado año su novela ‘Andrea no está loca’ y señalaba, con más o menos tino, el por qué de su condición primeriza, imperfecta. Pues bien, ‘No te supe perder’, su última obra es tan consistente, que lo que menos me ha gustado es algo tan poco relevante (en teoría), como su título o que incluya una entradilla en la propia portada (nada más que decir sobre la cuidada edición de Guadalturia). No por nada, sino porque uno puede pensar que estamos ante una novela-culebrón. Y es más, podría pensarse eso incluso tras su lectura, aunque sea por tratar un tema tan manido y políticamente correcto como la lacra del maltrato, a nivel físico, emocional, psicológico.

‘No te supe perder’ se ambienta en una Sevilla paralela a la que estamos acostumbrados. Era ya hora de que alguien, alguien de dentro, nos muestre que Sevilla tiene una cotidianeidad en la que no aparecen cofradías, casetas de la feria de Abril, calor intenso, turistas. Hay más: hay pisos, bares, un palacio de congresos, una ciudad europea. Además del acierto de contar con un escenario urbano alejado de lo prototípico, hay que decir que el valor de realizar una novela coral en estos tiempos, y no naufragar, es muy considerable.

En estos términos, ‘No te supe perder’ está lleno de hijos de puta y de ingenuos y débiles. Precisamente la falta de empatía del lector hacia cualquier personaje que puebla la novela, es una virtud más. Una novela-río donde uno asiste a las peripecias de estos seres casi desesperanzados, donde nadie es fundamental pero tampoco prescindible. Además, los nombres de los capítulos, coronados por los nombres de los personajes, uno a uno, nos dan pistas sobre en quién nos debemos fijar con más atención para captar los puntos de inflexión narrativos.

Y sobre todo, el estilo. Salvador Navarro ha conseguido una prosa cuidadísima, dispuesta a ornamentar con filosofía básica cada párrafo de narración fluida. No sabemos quién es el narrador, pero enseguida toma partido, opina, juzga, se adelanta a los acontecimientos, lanza hipótesis y saca conclusiones. Y no es difícil. Tenemos a Yann, un individuo inseguro en todos los sentidos, a Marga, una lesbiana a la que no podemos pedir perspectiva de futuro porque ni siquiera sabe qué hará mañana, a Lucía, la psicóloga autosuficiente que sin embargo no quiere mirar dentro de ella misma por medio a lo que encuentre… Sujetos que, como los personajes de Bitter Moon (1992, Roman Polanski) quieren encontrar en algo externo lo que ellos mismos no tienen,  y para ello están dispuestos a la esclavitud emocional, a la persistencia de la vejación y el desdén.

Referencias, pues no sé qué decir, sinceramente. A pesar de tener un lenguaje tan directo, que ya veíamos en ‘Andrea no está loca’, diríase que se acerca más a Bret Easton Ellis que a Bukowski, a Paul Auster más que a Ian McEwan, y especialmente el glamour y la minuciosidad que parecen envolver todo. Si este novelista se dedica a revisar cajas de cambio de automóviles, es normal que la ausencia de lagunas argumentales o sintácticas no sea anecdótica. Pese al léxico coloquial de los diálogos, y a decir las cosas por su nombre, todas las palabras dan la sensación de ser las adecuadas.

Hay personas que parecen no querer ser felices. Se recrean en su desgracia, en su vacío emocional, porque así pasan el tiempo entretenidos. Cuentan su vida y sus miserias sin pudor. Es el caso de todos los que forman parte de ‘No te supe perder’. Prefieren mandarse mensajes de móvil porque su cobardía les impide solucionar sus problemas de un plumazo.

¿Que no es perfecta? Ya lo sabemos. ¿Que hay lugares comunes? No lo negamos. La sordidez acompaña a Salvador Navarro, y quizás podamos esperar con fervor una novela más sobria, más relajada y sin que “pasen tantas cosas”. Probar otros géneros, otros escenarios, no encasillarse, alejarse del telefilm. Pero mientras tanto, es recomendable saborear esta última pequeña joya de una promesa que ya está dejando de ser promesa, a cada día que pasa, para ser un escritor al que debemos tener en cuenta. Leamos sobre personas, personas humanas, que nunca pasan de moda y que nos revelan información sobre nosotros mismos. Para leer sobre catedrales, templarios, vampiros y conspiraciones milenarias, ya están otros.

Llegamos al final del libro y, por fin, un poco de esperanza. No en Yann y los demás, sino en nuestra especie. Llegan las despedidas, los cambios de rumbo que en algunos casos son golpe de timón, y nos preguntamos: ¿a quién no sabemos o supimos perder?

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